4 mar. 2007

Historia de dos trayectos



Prestando atención, daba la impresión que todo se repetía. Comprendí que caminaba por la ciudad duplex. A cada paso todo era doble: un bar con dos nombres, dos campos de fútbol, dos planes de ciudad y dos autobuses circulares. La ciudad como en el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez. Todo tenía un sentido cifrado entorno al dos.

No avanzaba en línea recta sino en un camino excéntrico, construido con fragmentos de restos, sobras y desechos. Pero siempre era dos: dos pies para andar, dos ojos para ver y dos manos para tocar. Lo inesperado eran los extraordinarios encuentros de la calle. Un palo de escoba abandonado. La mosca atrapada en la parada. Las dos trompetas varadas por el límite entre dos ciudades. El carrito desesperado en el suelo. El paraguas entrópico. El zapató-pájaro en su nido. La niña que decía -La gallina del ordenador. La percha de la que colgada un charco.

Decidí tomar los dos circulares. Este viaje circular era como un rito de algo ya vivido. En la parada una señora de chándal azul celeste con rayas naranjas y zapatillas blancas, estaba impaciente por ir al gimnasio. Al cabo de unos minutos el conductor nos pidió que bájaramos y tomáramos el siguiente bus porque quería ir de vació. El nuevo conductor era una pila alcalina de mala leche con altas dosis de conducción agresiva, que de vez en cuando nos regalaba frases memorables como" yo hago las líneas de la gente, no conozco las calles. Volvi a estar en el mismo punto de partida. Al volver hacia a casa camino del cercanías me saludaba la señora del chándal. Otra segunda vez......

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