19 abr. 2010

momotaro- peach child



un bonito cuento japones sobre la historia del niño melocotón
"En una humilde aldea vivía un matrimonio de ancianos campesinos, de gran corazón pero que no pudieron traer hijos al mundo. Tenían una vida sencilla y tranquila, hasta que un día ocurrió un milagro.
Como todos los días, la anciana lavaba junto a la orilla del río, cuando vio un enorme melocotón flotando aguas abajo, dejándose llevar por la tranquila corriente. Lo tomó y muy contenta regresó a casa. Inmensa fue su sorpresa cuando partió en dos el gran melocotón y vio que en su interior había un fuerte y vigoroso bebé, que lanzó un enérgico llanto ante los ojos incrédulos de los ancianos.
Lo llamaron Momotaro, pues “Momo” en japonés significa melocotón y “Taro” es el nombre que, según la tradición, recibe el hijo primogénito. Momoiro es como se designa en japones el color del melocotón rosado. Lo criaron como si fuera su propio hijo, hasta que llegó a ser un joven sano y fuerte, con un corazón tan noble y bondadoso como el de sus ancianos padres adoptivos.
En aquella época, los habitantes de este lejano país vivían temerosos por la amenaza de crueles bandidos, que solían saquear y robar sin piedad a los campesinos que se ganaban duramente la vida con su trabajo. La gente les temía, pues no eran humanos, eran fieros y desalmados demonios que, según cuenta la leyenda, vivían en una inhóspita isla cubierta siempre con una espesa niebla.
Momotaro, que era fuerte y valiente, y muy diestro con su sable, dijo un día a sus ancianos padres:
- Partiré mañana mismo a combatir a esos crueles demonios para que dejen en paz a nuestra gente.
Los ancianos sintieron una honda tristeza por la partida de su único hijo, pero estaban muy orgullosos de él. No había nadie en toda la comarca más fuerte y valiente que Momotaro.
Al clarear el alba en la mañana de su partida, lo abrazaron y le entregaron un morral lleno de panecillos dulces de arroz, que con dedicación preparó su anciana madre; un banderín y un cintillo con su nombre, y le desearon suerte para su largo viaje.
- Cuídate mucho hijo -, le dijeron y lo vieron partir rumbo a las montañas del norte.
Luego de andar un buen trecho, Momotaro se encontró con un perro. – ¡Pero si es usted el respetable y valiente Momotaro! ¿Me permite preguntar hacia dónde se dirige usted?
- Voy a la isla de los demonios para combatirlos de una buena vez y dejen en paz a nuestro pueblo – contestó el joven.
- Concédame usted el honor de acompañarlo, a cambio de uno de sus panecillos de arroz-. Y fue así como Momotaro reclutó a un nuevo compañero.
Más adelante se encontraron con un mono, que los saludó cordialmente. – ¡Pero si no es el famoso y valiente Momotaro! ¿Puedo preguntar hacia dónde se dirigen ustedes?
- Vamos a luchar contra los demonios de la isla de las tinieblas, para que dejen a nuestro pueblo vivir en paz.
- Si me convida usted uno de sus deliciosos panecillos de arroz, gustosamente lo seguiré a la batalla contra esos malvados – y así se unió el mono al grupo.
Al poco andar se encontraron con un faisán. - ¡Ah!, es usted el valiente y bondadoso Momotaro. ¿A dónde va usted con su distinguido séquito?
- Vamos a dar su merecido a los demonios de la isla, que tanto daño han hacho a nuestra gente.
- Pues tiene ante usted a un leal servidor, por sólo uno de sus panecillo de arroz como recompensa– dijo el faisán y sin más se sumó a la noble causa. Así continuaron la marcha el valiente Momotaro, el perro, el mono y el faisán.
Cuando por fin llegaron a la isla, toda cubierta por una espesa niebla, tan sigilosamente arremetieron que los demonios fueron tomados por sorpresa. El faisán picoteaba sin tregua; el mono arañaba con sus garras y el perro mordía y tironeaba a los gigantes enemigos, que poco a poco comenzaron a rendirse.
El valiente Momotaro, que era ágil y diestro con su sable, venció sin dificultad al jefe de los demonios, que no tuvo más remedio que jurarle que nunca más haría daño a los humanos. Momotaro le perdonó la vida y luego de tomar un cuantioso botín, que era todo lo que estos malvados bandidos habían robado a la gente humilde, se marchó victorioso con su bravo ejército.
Así fue como regresaron a casa en primavera, justo cuando los duraznos florecían perfumando los verdes campos. Todo el pueblo salió a recibir a Momotaro y sus valientes amigos, que fueron condecorados como héroes por el mismísimo Emperador del Japón."

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