22 mar. 2007

¿Dante?

Ya. Ahora. Por fin te sitúas. Estás escribiendo, y llevas dos noches buscando a lo largo de La divina comedia un fragmento que no encuentras. Un fragmento fantasma que, de econtrarlo, sería la clave. Supuestamente debes encontrarlo en el infierno, pero lo has buscado una y otra vez, y no has encontrado nada. Es un passaje que trata de la condena que, en el infierno de Dante, sufren los impíos. Segun algunos, en este pasaje se podría leer que los impíos son condenados a llorar eternamente, pero sus lágrimas, al intentar aflorar a la superficie, se encuentran con una barrera de cristal en los ojos que las hace volver a caer al corazón, del que habian salido, entristeciéndolo aun más.
Condenados a ahogarse eternamente en su propio sufrimiento.
Es un pasaje realmente impresionante. Pero lo has buscado varias veces y no lo encuentras por ningun lado. Así que has dedicido usarlo. Sea o no de Dante, el pasaje es tremendamente bello. No crees que nadie vaya a tomarse la molestia de buscarlo.
Una condena realmente terrible. Al llegar al corazón, las lágrimas se soldifican, se vuelven cristal, y , al a volver intentar salir de los ojos, chocan, una y otra vez, con la superficie cristalina que les sirve de barrera, produciendo una sonoridad que se escucha eternamente, una armonía tanto más bella cuanto más tremendo es el sufrimiento. Un dolor eterno, fruto de una débil barrera que podría romperse en cualquier momento. Pero que nunca lo hace. En su sutileza está implícita su crueldad. Y en está su belleza.

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