17 may. 2007

"Las manos quieren ver , los ojos quieren acariciar" Goethe.



La experiencia táctil conserva irreductiblemente toda su potencia. Se relaciona crucialmente la mirada con el tacto, ampliándola hasta abarcar con ella mucho más de lo visual, abarcando entre otras cosas la fisicidad de lo que está entorno a nosotros. De esta forma, la experiencia se ensancha y se enriquece en cuanto que se aproxima a lo externo y lo abarca en mayor medida. Experiencia que no tiene como fin la creación artítica de imágenes, sino la creación artística en un sentido mucho más profundo, creación presente en el instante mismo en el que el alma se encuentra en estado de unión con el otro. Creación derivada también de la transformación inevitable que se produce en el encuentro, ya que, como afirma Octavio Paz "en la experiencia táctil, la distancia entre objeto y sujeto forzosamente, se anula, se supera. " Se produce un contacto directo entre el sujeto y el objeto de deseo, evolucionando hacia una experiencia vital inmediata, en bruto. Se pasa de la contemplación a la acción.

En la experiencia táctil no hay lugar a la pasividad, lo físico cobra protagonismo, la piel despierta, siempre hay acción, movimiento, aun tan sólo sea el movimiento de acercamiento necesario para llegar a tocar lo deseado. El tacto como el momento de culminación, el éxtasis, la ruptura de esa cierta pasividad para verter el deseo en la piel.


La piel como territorio donde se consuma lo erótico. La experiencia del tacto tiene lugar entre dos pieles, pudiendo ser la piel sensible o no sensible: orgánica con mayor o menor grado de sensibilidad (animal, vegetal) inorgánica. La sensualidad es inevitable en una relación física que tiene lugar en la piel. El contacto supone una forma de relación con el mundo de una enorme intensidad poética en sus dimensiones más íntimas.


No lo olvidemos: la piel ha sido siempre y será el espacio corporal del escalofrío.

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