1 jul. 2007

Mientras limpiaba los libros para quitarles una manta de polvo de acarós, volví a tomar entre mis manos, el destarlado grueso libro de cuero que tanto me gustaba de pequeña. La Antología completa de ediciones Aguilar de Federico Garcia Lorca. Apenas yo un peque microbio pasaba mucha parte de mi tiempo embelesada con las paginas, los dibujos y las palabras. Un jardín donde jugar con mi imaginación. Descubrir las palabras inventadas, los delicados mundos surrealistas en trazo de línea fina. Siempre me fue familiar Lorca, ya fuera porque mi tia-abuela cantara sus versos, mientras bailaba y traia en las manos la merienda, por el zaguán de la casa hasta llegar al corral lleno de flores y gatos. Aquel patio de luz blanca y pizarra negra en los pies. La sombra de la parra se mezclaba con el olor de los geranios (laberinto multicolor de tonos calientes).
Siempre recitaba del romancero gitano, el romance sonámbulo. Verde que te quiero verde... ....Para mi era sencillamente increíble ese momento.



Romance Sonámbulo.


Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verde ramas.

El barco sobre el mar

y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,

las cosas le están mirando

y ella no puede mirarlas.



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Verde que te quiero verde.

Grandes estrellas de escarcha

vienen con el pez de sombra

que abre el camino el alba.

La higuera frota su viento

con la lija de sus ramas,

y el monte, gato garduño,

eriza sus pitas agrias.

¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde?

Ella sige en su baranda,

verde carne, pelo verde,

soñanado en la mar amarga.



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_Compadre, quiero cambiar

mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta.

Compadre, vengo sangrando,

desde los puertos de Cabra.

-Si yo pudiera, mocito,

ese trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa

-Compadre, quiero morir,

decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda.

¿No ves la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?

-Trescientas rosas morenas

lleva tu pechera blanca.

Tu sangre rezuma y huele

alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa.

-Dejadme subir al menos

hasta las altas barandas,

¡dejadme subir!, dejadme

hasta las verdes barandas.

Barandales de la luna

por donde retumba el agua.



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Ya suben los dos compadres

hacia las altas barandas.

Dejando un rastro de sangre.

Dejando un rastro de lágrimas.

Temblaban en los tejados

farolillos de hojalata.

Mil panderos de cristal

herián la madrugada.



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Verde que te quiero verde,

verde ciento, verde ramas.

Los dos comprades subieron.

El largo viento dejaba

en la boca un raro gusto

de hiel, de menta y de albahaca.

-¡Compadre! ¿Dónde está,

dime? ¿Dónde está tu niña

amarga?

-¿Cuántas veces te esperó!

¡Cuántas veces te esperara,

cara fresca, negro pelo,

en esta verde baranda!



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Sobre el rostro del aljibe,

se mecía la gitana.

Verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Un carámbano de luna

la sostiene sobre el agua.

La noche se puso íntima

como una pequeña plaza.

Guardias civiles borrachos

en la puerta golpeaban.

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verde ramas.

El barco sobre la mar.

Y el caballo en la montaña.







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